martes, abril 18, 2006

Acerca de los relojes rotos (Andrés Mazzitelli)


Un reloj de esfera, no importa lo roto que esté, mientras conserve las manecillas, sigue siendo capaz de señalar la hora exacta dos veces en el día.
En efecto, cuando el día transcurre, si miramos el reloj justo en el momento en que las agujas se detuvieron, por espacio de un minuto ese reloj descompuesto nos vuelve a señalar la hora exacta. Y doce horas después, nuevamente tiene oportunidad de repetir la increíble hazaña. Podría decirse entonces que un reloj de esfera jamás estará completamente inutilizado.
Así, en una forzada y seguramente caprichosa analogía, quizá también el ser humano: aun abatido, aun en el más terrible de los desasosiegos, quizá uno tenga la oportunidad de volver a brillar, al menos un minuto, y no una vez, sino tal vez dos veces en el día. Bastaría, quizá, con estar atentos a ese momento fugaz pero valiosísimo, para que no se escape ese minuto en el que volvemos a ser exactos y funcionales.
A propósito: el reloj de la fotografía fue rescatado de las ruinas de Hiroshima.

sábado, marzo 25, 2006

Gotas Mágicas -Cuento-Andrés Mazzitelli



Hubo un tiempo en el que supe dormir la noche entera. Creo que fue así. Creo que no siempre existió esta farmacia sobre mi mesita de luz. Cuando Dorina, nuestra hija mayor, me dijo un día que ya no dormiría en casa, que hablan decidido con Pablo vivir juntos, creo que esa noche debuté con el Valium. Y mientras me hundía en su innatural. sopor, tuve la visión de que todas esas cajas en torno al velador eran rascacielos de una ignota urbe. Roberto se enteró cuando volvió de Boston, de su famoso simposio de aplicación de siliconas. Pero, ni siquiera reaccionó: el día siguiente partió rumbo a Santiago de Chile a dar él mismo un seminario un seminario siliconas. No sé porqué me duele a veces acá, en el pecho, corno si el miocardio se me cuarteara cono el lecho da un lago seco.

“Gotitas mágicas para el dolor,
que curan todas las penas...”

Mi madre solía cantarme eso. Cuando a Papa lo trasladaron a Colonia del Sacramento, mi pequeño mundo quedó pera siempre en Montevideo, mi patio, la escuela Sagrado Corazón y Elenita, a quien no volvería e ver hasta los 45 años, cuando nos encontramos casualmente en un curso de Historia Contemporánea en Buenos Aires. Hay momentos en que pienso en la mirada de Dios. Los ojos con que nos habrá mirado el día que nos despedíamos con Elenita, prometiendo encontrarnos pronto, en vacaciones, tal vez antes, mientras la lluvia desbordaba el patio de baldosas rojas y blancas del Sagrado Corazón.—Me duele, Mami. Me duele aquí, en el pecho...—dije la primera noche en la nueva casa. Los ojos de Mamá se iluminaron. Su voz suave se derramó sobre mí en un cántico que me envolvió como una caricia, mientras iba directo al dispensario. El dispensario era un cuartito estrecho, mas allá de la cocina y el lavadero, donde había un gran aparador con vajilla y comestibles. Mamá tenía una escalerilla que usaba a veces. Esa noche, mientras todos dormían y yo agonizaba por primera vez a los 7 años, Mamá trepó a la escalerilla y abrió la última portezuela de la izquierda.

“Gotitas mágicas pare el dolor,
que curan todas las penas.
Alivian el corazón
cuando la noche no es buena...”

Hundió su brazo en el estante, hurgando con enigmáticos ojos.
—Este será nuestro gran secreto!—murmuró a mi oído apenas con el aliento, mientras mostraba el raro frasco alargado, de formas sinuosas, con rotulo antiquísimo de letras doradas y contenido oscuro.
Dejó caer tres gotas en un vaso de agua que bebí con avidez. Y supe al instante que en verdad eran mágicas, por su dulzor indescriptible y en su sabor, el eco de frutas exóticas, y la fragancia de flores de selvas seguramente remotísimas. Mientras ese indefinido sabor inolvidable se extinguía en ni boca, pude sentir todo el efecto de la magia descendiendo por mi pecho.
—Ya...ya...ya me siento mejor, Mami...
Al día siguiente, juro que Colonia me perecía manos hostil y sombría. Alguna vez he intentado contarle a Roberto acerca de aquel misterioso elíxir, pero el está con eso de que es el único cirujano de Montevideo capaz de hacer que una mujer con 75 de busto llegue a medir después de la intervención 115. No se lo he dicho, pero hay pocos trabajos que me parezcan más grotescos. Básicamente, no me molesta lo que hace, sino porqué lo hace. Yo no sé si Roberto fue distinto alguna vez. Creo que si, pero no puedo recordarlo, lo cual es mas bien alarmante. Cuando pienso en esos días, solo acude a mi memoria el beneplácito de mi padre. Por entonces, las mujeres solíamos elegir un buen yerno antes que un buen esposo.
Gotitas mágicas cuando no fui seleccionada para el elenco de teatro de la escuela, en tercer grado. Gotitas mágicas cuando se nos fue Lany, nuestro anciano caniche, amasijo de bucles y alegría. No veía bien ya, y calculó mal la velocidad de aquel coche a la hora de cruzar.
No recuerdo bien cuando tomé las gotitas, por última vez. Supongo que eso significa que no viví grandes infortunios. O quizá sí, pero ya había desarrollado lo que llamo “el campo de fuerza”. La chica de la historieta Los 4 Fantásticos tenia uno. Era una cúpula invisible que la protegía de cualquier ataque externo. Mi campo de fuerza a veces ha estado confeccionado de estudio, otras de bebés, otras de invitados, amistades, parientes, en fin: caso todo me resultó útil a la hora de reforzar mi campo de fuerza. Aún así, nunca dejé de pensar en el extraño frasquito de las letras doradas, en su procedencia, en cómo llegó a manos de Mamá. No volví a experimentar jamás una paz semejante, ni esa cosquilla tibia bajando por mi cuerpo. Fumo bastante, en ocasiones incluso por puro placer, pero no se le parece. Fui anestesiada en dos oportunidades y tampoco se asemeja. Algo había en esa panacea. Algo secreto y maravilloso. Algo puro y espiritual, quién sabe, quizás hasta sagrado o milagroso. Y guardé bien al secreto, tal como ella me lo pidió hace ya cuatro décadas. Ahora, solo yo soy testigo de su existencia.
No le dije a Roberto lo de mi biopsia, porque el tenía reunión con el cantador de la clínica y cuando eso sucede, la única forma de tener acceso e su mente es disfrazada de número. Tampoco quise abrir el sobre con el resultado ni me quedé a escuchar el infructuoso esfuerzo humanístico del doctor Delgado. Lo que me importaba saber ya lo había leído en sus ojos. Los detalles no ya no me interesaban.
Manejé por la Avenida Brig. Gral. Rivera sin rumbo fijo, en medio de la lluvia y el desconcertante palpitar de luces rojas de stop y bocinazos. Mientras luchaba por aclarar mis ideas, me descubrí, mas bien para mi asombro, estacionada frente a la casa de mis padres, en Colonia. El reloj del tablero marcaba las 11 de la noche. No tenía memoria alguna ni de la ruta 1 ni de los 180 kilómetros que debí transitar entre ambas ciudades. De hecho, es posible que haya estado un buen rato allí, en silencio, dentro del coche, hasta por fin darme cuenta de donde estaba.
Entré cerrando el pórtico con el peso de mi cuerpo. Adentro, había un penetrante olor a alcanfor y naftalina. Viejas boletas de impuestos se amontonaban al pie del pasacartas. Estaba oscuro, pero mi cabeza era un colorido desfile de imágenes actuales y pasadas. De pronto, recordé por qué estaba allí. A tientas, conecté la electricidad de la casa. Allá lejos, un resplandor pálido se encendió. Lo seguí. Crucé el living, de fantasmagóricas formas cubiertas y el comedor diario. De pronto, escuché la voz de mi madre:

“Gotitas mágicas para el dolor,
que curan todas las penas...”

Me detuve en medio de una exhalación. Sabía que era imposible. Supuse que el viejo cántico que tan familiarmente sonaba en la distancia, era solo el eco de su recuerdo en mi mente. Cuando llegué a la cocina descubrí atónita que la luz encendida era la del dispensario. Una sensación sobrenatural me oprimió la garganta. Cuando logré recobrarme, ingresé al cuartito. Acerqué la escalerilla a la alacena y subí lento los tres peldaños, que se quejaron con dos crujidos, igual que cuando subía mamá. Me volví desde la altura hacia la puerta y pude verme claramente allí, en el vano, de pié, escuálida como una muñeca pataslargas, los ojitos húmedos: “Me duele, Mami...Me duele aquí en el pecho...”
Abrí la última puerta de la izquierda y deslicé mi mano hacia la negrura. No pude hallarla. Un frío helado me descendió por la espina. Extendí más el brazo en el interior, pero sólo di con el fondo del aparador. Me sentí francamente desamparada. Giré un poco la muñeca y de pronto mis dedos rozaron una especie de botellita. Era de vidrio, delgada, de formas afiladas, más pequeña que en mi memoria. Las manos me temblaban cuando la saqué del estante y la acerqué a la luz.

“... Alivian el corazón
cuando la noche no es buena...”

Y puede que haya sido mi propia voz, temblando en un hilo apenas, la que cantaba, pero no estoy segura.
La bombilla se movió un poco. Su luz tenue bañó la botellita y la etiqueta dorada volvió a fulgurar después de 40 años, en un destello que me iluminó el rostro y el alma: “Extracto de esencias aromáticas de Vainilla-La Habana, Cuba”
Me quedé allí un instante, poniendo en orden mis pensamientos. Sabía de antemano que aquellas letras no guardaban ningún significado para mí, así que bajé de la escalerilla. Y mientras afuera la tormenta por fin amainaba, mezclé tres exactas gotas en un vaso con agua y las bebí de un sorbo con desesperación.

-Ya, ya...Ya me siento mejor, Mamá. Ya me siento mejor...

Andrés Mazzitelli

jueves, marzo 23, 2006

No te mueras(Andrés Mazzitelli) Texto-poema-

No te aferres
No te entierres
No es tan tarde
No te guardes
No te estanques
No decantes
No te apagues
No naufragues
No palidezcas
No desaparezcas
No te añores
No te llores
No te archives
No te prives
No te tiñas
No te ciñas
No acates
No te ates
No te niegues
No te entregues
No te silencies
No te sentencies
No te ausentes
No te asientes
No te ahorres
No te borres
No te venzas
No te convenzas
No te conformes
No te uniformes
No te indignes
No te resignes
No digas “He sido”
No digas “Perdido”
No te administres
No te registres
No te sospeches
No te deseches
No te excluyas
No rehuyas
No te culpes
Ni te indultes
Ni te insultes
Ni sepultes
No te largues
No te amargues
No te apagues
No te enjuagues
No te alquiles
Ni jubiles
No te vendas
Ni desprendas
No a guardarse
No a dejarse
Ni te inhibas
Ni prescribas
Ni anochezcas
Ni desfallezcas
No envejezcas
Ni perezcas
No te hieras
Y si pudieras,

No te mueras....

Andrés Mazzitelli
(Marzo24, 2006)

martes, marzo 21, 2006

Tema de Tres Arroyos -Canción-




Sos como una mujer
que se ama más si está lejos.
Tu corazón de pueblo
tiene humos de ciudad.
Y entre remisses,
cicatrices
de los hijos que se van
buscando duro
un futuro.
Qué no darías por que lo encuentren acá...

Sos un Enero quieto
y un Marzo de muchedumbre a mil.
Y dicen que en vos nada cambia jamás,
pero has cambiado
de lado a lado.
Te queda chico el boulevard.
Y esparces gente
de repente
donde hasta ayer vestías solo un pastizal.

Algo debes tener
que te aman los que no son de acá.
Será que estas casi al margen del terror,
de un mundo extraño
de muerte y engaño
que del todo aun no te rozó.
Aunque en tu memoria
duela la historia
de la niña que a su casa no volvió...

Para poderte amar
no me hizo falta dejarte.
Ayer salí a caminarte una vez mas
y vi mil bancos
y mil muros blancos,
y...ya no se hacia adonde irás.
Pero es tan mía
tu poesía
que no quiero ninguna mas.
No hay mas escollos
Tres Arroyos
para que te sienta siempre mi lugar
.

Letra y música: Andrés Mazzitelli- Escrito el 21/4/98
e interpretado por primera vez en público en el acto
del Aniversario de la Fundación de la Ciudad de Tres Arroyos,
en el hall central del palacio municipal, el 24/4/98.



jueves, marzo 16, 2006

EL ORGASMO PERPETUO -Cuento-


"EL ORGASMO PERPETUO"
Por Andrés Mazzitelli

Sabía que habría problemas. Se dirigieron a mi por correo certificado. Abrochado al pié de la escueta nota había un cheque a mi nombre por 1500 dólares. Recordé en el acto las palabras del sub-inspector Carranza, mi contacto de muchos años en el Departamento Central de Policía:
“Dólares y dolores son palabras muy semejantes..."
De todos modos, enfundé la bandera de mi orgullo profesional, principalmente porque ese era el monto casi exacto de lo que adeudaba de renta por la oficina infecta donde trabajo y vivo.
Acudí a la cita con mi mejor traje. La residencia Von Gallager parecía un vestigio del pasado olvidado en medio de la ciudad. La señora Von Gallager, desde su silla de ruedas autopropulsada no habló en casi toda la entrevista. Sus hijos varones, Wilfredo y Leonardo, observaban desde lejos. Uno de pié cerca del ventanal. El otro, hundido en un sillón, haciéndole el amor con el índice a un vaso de gin—tonic. Doris, en cambio, que parecía ser la hermana mayor, manejó la charla a su antojo, interrumpiendo el relato del ahogado Astrup diciéndole “Cállese imbecil” varias veces. El abogado no dejó de mirarme con esos ojos acuosos, sin que un solo músculo del rostro se le tensara. Y yo volví a evocar palabras del sub- inspector Carranza:
“Hace falta una vida para llegar a conocer a algunas personas, pero a veces un minuto basta y sobra para conocer otras.”
El caso era simple: Don Ernesto Von Gallager había desaparecido y existía gran apremio por saber de su suerte, pos cuestiones obviamente pecuniarias. Le dejé la cara al abogado Astrup y me fui en cavilaciones, preguntándome, como es natural, cuál de estos canallas lo habría asesinado.


—Yo sé que mi marido está con vida!—balbuceó la señora Gallager en un repentino arranque de histeria que la arrebató de su mutismo. Por poco se hacha sobre mí. La contuve y la devolví a su silla, después de olerla de cerca y pensar: “Johnny Walker. Litros de Johnny Walker” El estudio de don Ernesto era un lugar asombroso. Von Gallager era un erudito en medicina del sistema nervioso , psiquiatría y psicología evolutiva. Cuadros con títulos y pergaminos laminaban del piso al techo las paredes. Poseía además una insólita biblioteca sobre meditación trascendental, cultura hindú, china y tibetana y algunos volúmenes de aspecto antiquísimo de ritos esotéricos medievales. Habría perdido años hurgando entre las notas del Doctor, pero recordé otra frase: “Lo importante está entre lo que se pretende destruir...” -también fruto del intelecto suburbano del sub-inspector Carranza. En la chimenea del estudio encontré cenizas por demás interesantes. Por ejemplo, un sobre semi consumido por el fuego con el membrete “Radisson Montevideo Victoria Plaza Hotel- Plaza Independencia 759-Montevideo”. Entre los restos de un anotador carbonizado, una línea manuscrita se dejaba leer todavía, una línea que resonaría mil veces en mi mente aún mientras volaba sobre el Río rumbo a Uruguay:
“...este parece ser el único camino neurológicamente seguro hacia el orgasmo perpetuo...”

Antes de llegar al hotel ya sabía bastante sobre “el orgasmo perpetuo”, porque llevaba conmigo cerca de cinco kilos de apuntes del doctor Von Gallager.

“Le ruta farmacológica hacia el orgasmo perpetuo un callejón sin salida. Un camino incluso torpe y potencialmente peligroso para la salud mental del individuo. En cambio, la bibliografía espiritualista abunda en referencias, de un modo críptico, por cierto, pero bastante claro. El libro “Mantra Kármico”, trascripto de papiros cuya antigüedad ni siquiera se conoce, reza que fue necesario que una pizca de la magia divina coronase el instante copulativo para así asegurar la continuidad de la especie...”

No entendía una palabra. Cómo alguien con los galones académicos de Von Gallager podía pensar que Dios, de existir, estaba en un espasmo sexual constante? Acaso pretendía aventurarse el mismo en ese in conjeturable estado? La idea me inquietó bastante, lo admito, y recordé las palabras del sub-inspector Carranza: “Los accidentes ocurren siempre en el último momento”- perro no sé bien porque se dibujó ese pensamiento en mi mente. El Radisson Montevideo Victoria Plaza Hotel era uno de los más tradicionales y, por cierto, lujosos hoteles de Montevideo. Alguien con la descripción del Doctor se había alojado durante diez días bajo el nombre de Arturo Dela fuente. Un chofer del hotel confirmó haberlo llevado al aeropuerto. El horario coincidía con dos vuelos: uno a Buenos Aires y el otro a Santa Fe de Bogotá. Sabia que Von Gallager no tonaría el primero. Lo sabía porque yo, en su lugar, no lo haría, con semejante cuadro familiar. Llamé al abogado Astrup y sin darle ningún detalle, le solicité más dinero. Cuando la transferencia llegó, tomé el primer vuelo a Colombia. Los apuntes del Doctor seguían perturbándome:
"En condiciones normales de temperatura y presión arterial, el estado orgásmico dure apenas un par de segundos. Lo que parece prolongarlo, según el estudio electroencefalográfico, no es más que un eco, un reflejo meramente muscular...”

Me seguían perturbando porque recordé que mi primera esposa solía bromear sobre mi dialéctica involuntaria en los momentos culminantes del coito. Ella afirmaba que de mi boca salían jubilosas exclamaciones invocando a Dios, a la virgen y a todos los santos del cielo. Nunca he sido religioso, así que jamás entendí el porqué de este acto reflejo, ni puedo dar del todo por cierto lo de mi ex mujer, dado que siempre he vivido ese instante en un estado de trance en el que ni se lo que digo ni lo que hago. Como quiera que sea, los apuntes de Don Ernesto comenzaron a infundirme una extraña sensación de temor sobrenatural.

“...Sin embargo, en estado de meditación profunda, las lecturas son radicalmente distintas. Ya no tengo dudas que el estado orgásmico está misteriosamente ligado al concepto divino, cualquiera sea el nombre que se le asigne a esa entidad, ya sea Dios, Alá, Jehová, o como las culturas precolombinas, Pachamama, Madre Tierra, Madre Naturaleza. Siento que estoy muy cerca del gran descubrimiento!...”

Fue relativamente sencillo rastrear al Doctor en Bogotá: se había hospedado en el hotel mas tradicional y lujoso de la ciudad. Por desgracia ya no estaba allí. Uno de los mozos del lobby bar lo identificó en una fotografía, una instantánea que yo había escamoteado de su estudio, donde se lo veía posando rodeado de otros facultativos en un escenario enmarcado con la leyenda “Boston, Neurology Seminary, 1983”. Era una toma un poco antigua, blanco y negro, probablemente copiada de alguna revista de divulgación médica y ampliada, poro al fin el mozo colombiano no tuvo dudas, excepto que - advirtió- “ ...tiene el cabello más largo y además, lo acompaña su hija”.
- Su hija?- le pregunté- Usted quiere decir una niña?
- Si...- afirmó el moreno un tanto entrado en canas- Una niña como de 17 años...
Llamé al abobado de nuevo. Sentí un cierto placer al mentirle. Le dije que me hallaba en Buenos Aires, que el doctor Ernesto Von Gallager estaba efectivamente muerto y que arreglar todo el papeleo para la confirmación definitiva le costaría cien mil grandes. Para mi asombro, los depositaron en mi cuenta y gracias al milagro de la fibra óptica y los satélites, pude disponer del dinero al día siguiente.. El Doctor había alquilado una avioneta con destino a Tarapacá, en el sureño estado colombiano de Amazonas, en un singular corredor selvático donde convergen en pocas leguas las fronteras de Perú, Brasil y Colombia. Hasta allí me llevó el mismo piloto que una semana antes había trasladado al Doctor y a su supuesta hija. Dada la volátil y potencialmente peligrosísima situación de guerrilla en la zona, contraté una guía en el hotel, una bella peruana llamada Concepción.

“La civilización ha alejado paulatinamente al Hombre de Dios. Los estados más primitivos conservan a su vez un primitivismo espiritual. Ese tiene que ser el camino hacia la perpetuidad orgásmica: abandonarse a los sentidos, en vez de pensar e intelectualizar. Quizá como los chamanes, o como los antiguos brujos y sabios de las tribus aborígenes. Abandonarse a los instintos, lo que por supuesto, es una condenada blasfemia en el mundo moderno...”

Tarapacá era un lugar bastante pequeño. Poco más que una aldea de quizá 1500 almas enclavada en medio de la selva, a orillas del río Putumayo, afluente del mismísimo río Amazonas. (Como se puede apreciar, Concepción era una guía excelente)
Nos adentramos en camioneta por un sendero, una distancia que ni siquiera podría estimar, y luego tuvimos que continuar a pie no menos de una docena de kilómetros, hasta donde la espesura se tornaba impenetrable y el río se angostaba en medio del ensordecedor trinar de los pájaros. Teníamos compañía: la zona estaba controlada por un grupo narco cuyo jefe había sido esposo de Concepción. Esto me puso francamente nervioso, pero ella me confesó que habían roto porque el sujeto se había vuelto gay. Dado lo comprometido de semejante secreto en un ambiente tan hostil, Concepción, merced a su discreción, gozaba de total protección por parte de su ex, de manera que solo nos preocupábamos por los sangrientos insectos.
No podía dejar de pensar en todos los años de la vida de Von Gallager hasta hoy. En el grueso de los muros de su victoriana residencia. En el alcohólico aliento de su esposa. En el pérfido rostro de su hijos. Recordé otra vez palabras del sub- inspector Carranza: “Se puede ir a la guerra con una armadura de papel...pero, ni se te ocurra pelear...”
Un campesino nos condujo hasta las orillas del río. Todavía estaban allí las ropas del Doctor y de su “hija”. Habían abordado completamente desnudos una canoa de nativos Togusi, una de las pocas últimas tribus que sobreviven ocultas en el Amazonas; el Doctor, la joven y tres bellas nativas, y se habían perdido río abajo, quizá para siempre, dejando atrás todo: desde un cuaderno con notas hasta un sobre de plástico con tarjetas de crédito, pasaporte y 35.000 dólares en efectivo. Había además restos de bejucos, Banisteriopsis caapi o Banisteriopsis inebrians, según los apuntes del intrépido Doctor, pedazos trozados y machacados de sus cortezas, y olvidados envoltorios de arpillera con hojas trituradas de chacruna y otras hierbas. Todo indicaba que antes de emprender el definitivo viaje, habían preparado y bebido el legendario brebaje ceremonial de los pueblos ancestrales: la ayahuasca , y se habrían entregado entonces a sus supuestos e inimaginables mágicos poderes.
Bajo el sol abrasador, ese día y muchos meses después, seguía pensando en el Doctor Ernesto Von Gallager, en su peculiar derrotero, y en ese fervor heroico por entregarse de cuerpo entero en haras de la ciencia. Supe que su búsqueda del orgasmo perpetuo era de algún modo un viaje hacia adentro, un viaje interior, y también el eco del viaje íntimo personal de cada uno hacia el interior de su propia existencia.
En cuanto a mí, no puedo decir demasiado, excepto tal vez una frase que acude ahora a mi memoria:
“Quien no encuentra, debe abandonar la búsqueda. Pues quien no busca ...es hallado.”
No. No lo dijo el sub- inspector Carranza. Lo dijo Concepción, mientras elegíamos el mobiliario para nuestra nueva casa en Lima.
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Andrés Mazzitelli